“Dios en persona” de Marc-Antoine Mathieu (Ed. Sinsentido, 2009)

Los humanos hemos conseguido algo que considero muy complicado, convertir los extremos en hábito. Cuando era pequeño, mi padre, cuando se despedía de mí y de mis hermanos siempre lo hacía con una frase que venía a decir más o menos lo siguiente: “Sed regulares, ni buenos ni malos.” Yo la consideraba más una forma de hablar que otra cosa, una forma mínima de originalidad, casi como un ejercicio de psicología inversa, tratar a un niño como un adulto, hacerle ver que tiene elección. No soy consciente de que hubiese objetivos ocultos en sus palabras, pero con el paso del tiempo las he llegado a ver como una rareza.

Es en este aspecto, “Dios en persona” es una obra de total ciencia-ficción. Y no es porque Dios se materialice. Que baje a la Tierra, se quiera apuntar al censo y comience a explotar (económicamente) su nombre e imagen. Creando su logo, como cualquier empresa. Lo más sorprendente es que la gente se lo crea. Llegar a un punto en el que se acepten las pruebas de su existencia. Porque, afrontémoslo, en nuestra sociedad de la información, de la imagen, donde ya parece que lo hemos visto y oído todo (que triste me pone afirmar esto, y que ignorantes somos por creérnoslo) y que todo tiene truco y es producto de la mente de algún creativo.

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