El Apocalipsis según…

Siempre existirán las razones que inciten a los humanos a pensar en una gran catástrofe que ponga en peligro la continuidad de la especie. No suelen estar relacionados con procesos degenerativos, de esos hablaremos más adelante, ahora no es el tema.

Son motivos muy diversos: desastres naturales, terrestres o extraterrestres, o causas puramente humanas, crisis, guerras nucleares o de las otras, cambios climáticos y demás provocaciones al planeta. Son estas categorías muy generales pero tampoco es intención profundizar por ahí.

Implican estas visiones una percepción pesimista del presente y el futuro y trabajan sobre dos puntos importantes. La confianza o desconfianza en el género humano (grande en cuanto a su potencial, ínfima en cuanto a sus motivaciones) y una cierta esperanza en que el destino nos espera con algo mejor. Como si aún no mereciésemos el triste final que plantean.

A pesar de que la idea de tocar este tema surgió durante el visionado de una película como “El libro de Eli”, donde las actuaciones de Denzel Washington y Gary Oldman son de lo poco destacable y la apología del catolicismo bordea lo surrealista. Por resumir, es la aventura de una especie de profeta con alma de superhéroe karateka que lleva un libro hacia el oeste y un malo malísimo se lo intenta quitar. Sirvió únicamente de punto de partida, para avanzar con las conclusiones nos centraremos en otras obras bastante más interesantes.

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“La carretera” de Cormac McCarthy

Un padre y un hijo viajando por una carretera en un mundo del que nada se sabe más que su desoladora situación. Devastación, ceniza y esa carretera a la que se agarran con su carrito de supermercado buscando la benevolencia climatológica del sur, un sur del que ni siquiera saben si seguirá allí cuando lleguen.

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“Sin listas de cosas que hacer. El día providencia de sí mismo. La hora. No hay después. El después es esto. Todas las cosas bellas y armónicas que uno conserva en su corazón tienen una procedencia común en el dolor. El hecho de nacer en la aflicción y la ceniza. Bueno, susurró para el chico que dormía. Yo te tengo a ti.”

El mundo ha quedado reducido para estos dos seres humanos a una búsqueda del alimento y del fuego. En su exiguo carrito mantas, una lona, un hornillo y los víveres que se van encontrando por los restos de una civilización que ha terminado. El padre refleja la supervivencia del que lo ha perdido todo menos la vida y el hijo, que desconoce esa realidad previa, basa sus reacciones y juicios en el instinto y la intuición más que en convenciones sociales desparecidas y que su padre intenta mantener como un último reducto de coherencia.

Curiosamente el hijo resulta más humano (o humanitario) con un concepto de la justicia y una diferenciación entre bien y mal pura, no condicionada. Su interpretación tiene como única base las indicaciones del padre, esforzado en mantener al pequeño no más en contacto con la realidad de lo necesario. El niño recoge esos datos y los confronta con la realidad que se le presenta, acaba convirtiéndose en el más racional y analítico de todos los supervivientes.

“Si no cumples una promesa pequeña tampoco cumplirás una grande. Es lo que tú me dijiste.”

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