A neta do señor Linh de Philippe Claudel (Rinoceronte Editora, 2010)

a neta do señor LinhQuen é a neta do señor Linh? Cal é o seu papel nesta historia? Funciona coma áncora do propio señor Linh? Se é así, a pequeña non foi excesivamente eficaz. Impulsouno a manterse vivo e propiciou que sacase o pescozo fóra da auga, pero ahí rematou a súa labor. Volveu ó seu papel de personaxe desvalida e pasiva.

O vello matina en todo iso, sentado nese banco que se converteu en só dous días nun pequeño lugar coñecido, un anaco de madeira flotante ao que se agarraría no medio dun torrente caudaloso, turbulento e estraño. E mantén abrigada contra el a derradeira póla da rama, que polo momento dorme un sono de bebé satisfeito, ledo de atopar calor da pel querida, a súa cálida moleza e o aloumiño dunha voz amante.

O señor Linh, mentres tanto, coñeceu o seu amigo, o señor gordo, e converteuno na verdadeira motivación da súa existencia.

O vello abanea a cabeza. Pensa que un país no que os nomes non significan nada é un país ben curioso.

A relación entre eles é máis estreita que coa súa neta porque comparten mías puntos en común, a pesares de que as obvias limitacións lingüísticas limiten as súas posibilidades de comunicación. Aínda así, apóianse un no outro, para explicar a un interlocutor fiel, silencioso e pensamos que comprensivo unha vida chea de desgracias ou para reparar en que tamén existe un mundo lonxe dun entorno coñecido, imperfecto onde poder sentirse en casa.

O vello matina no que din. Matina no que é realmente o seu país, no que é realmente dun tesouro. Aperta aínda máis a súa neta. Adormece.

Nunha relación así basta cun banco, un fermoso vestido ou un bebé que nunca chora nin protesta para decidirse polo desconñecido e para, por un instante, chegar a olvidar a primeira e única obligación que o señor Linh cre ter nesta vida.

Arrímase a unha parede. Escorrega amodo ata o chan, case sen darse conta. É como unha caída que durase un segundo ou toda unha vida, unha caída lenta cara ao cemento da beirarrúa. Xa está, está no chan, coa nena no colo. O señor Linh ten a cabeza ateigada de calamidades, sufrimentos e desilusións. Sente o peso de demasiadas derrotas e demasiadas fuxidas. Que é a vida dos homes senón un colar de feridas que poner arredor do pescozo?

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Roberto Fontanarrosa: viñetas

“De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”
Roberto Fontanarrosa

Para que buscar definiciones y datos (al alcance de cualquiera tras un par de clics). Solo puedo decir que me cagué de risa con sus libros (llevo 2 y voy a por todas). Por eso, nada mejor que una pequeñísima selección de chistes del negro Fontanarrosa.

Fontanarrisa, Mondadori, 2005

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Argentina para principiantes, RBA Editores, 2002

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El árbitro en “Fútbol a sol y sombra” de Eduardo Galeano

Cualquiera que dedique su tiempo a unir letras para formar palabras y textos (por muy pequeños y poco ambiciosos que sean) tiene siempre la intención de plasmar de la mejor forma posible aquello a lo que dedica su vida. Yo, entre otros vicios, también me dedico al arbitraje y muchas veces he intentado reflejar lo que significa para mí.

He repasado muchas ideas y lo he intentado desde distintos ángulos pero me quedo en nada cuando me cruzo con algo como lo escrito por Eduardo Galeano. Él lo expresa mejor, más bonito y más apetecible; así que, aunque no sea el mismo deporte, el concepto es el mismo.

 

El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.

Los jueces de línea, que ayudan pero no manda, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge. Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden.

Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y, sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.

A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan.

Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.

El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, 1995.

Un bosque cheo de faias (Everest Galicia, 2004) de Francisco Castro

Portada Un bosque cheo de faias“Ás veces pensamos que os país coñecen todas as respostas. Ás veces pensamos que os país ‘deben coñecer’ todas as respostas. Pero ela garda silencio. Quizais porque para isto non hai resposta.”

“Xa nota O Cambio Famoso. Aínda ha de ser certo iso da adolescencia. ¡Cómo lle amola que falen dos ‘adolescentes’!, así, coma se estivesen a falar de coellos ou de cabalos. El é Alexandre. Non forma parte de ningún grupo. El é só él. Nin sequera é igual –a pesar de tantas coincidencias- a Manuel ou aos outros.”

“Dálle carraxe ser tan apoucado, tan introvertido. E outras veces non sabe quen é. De feito non ten nin idea de quen é en realidade. Só sabe que é un rapaz preocupado…”

Por qué paga a pena? Por tres motivos básicos, claros e, certamente, moi importantes. Primeiro pola comprensión que demostra das relación adolescente-adolescente e adolescente-adulto (amizade, país-fillos, etapas da vida). Segundo por ser una boa novela de intriga, cunha temática, uns protagonistas e unas situacións interesantes, cun plantexamento sólido e ben trabado. E terceiro por non ter medo a levar á historia cara un final ambicioso.

Pegas. O ritmo. A novela pide a gritos una extensión maior. Porque despois dunha preparación ampla, do desenrolo, das dúbidas entre os protagonistas, de levar a historia con calma cara adiante atopamonos cuhna solución precipitada, coma se as pezas tivesen que encaixar e rápido para non perder a atención dos lectores. O malo é que suxire ou galta de interese no desenlace da propia historia fronte ós protagonistas ou poucas gañas de explicarse una situación que podería derivar na inverosimilitude.

Qué ocorre? Alexandre, Manuel e Antón son tres adolescentes que buscan o seu espazo no mundo. Reúnense no Grapas, un bar da zona vella que acaba de cambiar de propietario. Ao seu grupo únese Nelson, un rapaz negro, veciño de Manuel, que acaba de chegar á cidade coa súa familia. Os rapaces acollen o novo membro con entusiasmo e sofren un duro golpe cando este, xunto a seu pai, recibe una paliza dun grupo de neonazis. As sospeitas dos rapaces recaen sobre o novo propietario do seu bar favorito, Caride, e provocarán o inicio dunha investigación que porá a proba a súa amizade e confianza, ata que nos atopemos nun arriscado clímax final ó máis puro estilo cinematográfico.

Crímenes ejemplares (1957) de Max Aub

portada Crímenes ejemplares

“La grandeza humana solo se mide por lo que pudo ser. No vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad; vencer los impulsos.”

“Las cuatro identidades de Fiona” de Marta Martín Núñez en L’Atalante (nº 8, julio 2009)

Soy un hombre, nunca he pasado por un exceso de penuria, mi paso por los diversos centros académicos que me tocaron no supusieron experiencias dramáticas, a pesar de ser hijo de padres separados no tuve una infancia infeliz o desgraciada, siempre he contado con el apoyo de familia y amigos y, en definitiva, no he sido víctima de ningún drama más allá de un ligero complejo de inferioridad y una cantidad de manías más o menos razonable que no han derivado en casi ningún tipo de exclusión social. Por tanto, al enfrentarme a un tema que sí supone un problema grave para un conjunto grande de población siempre me planteo la misma cuestión: ¿cómo puede alguien ajeno al tema opinar sobre él? Todo esto sin haber entrado en materia porque, si hay una convicción que tengo (fruto de mi propia incapacidad) es que es imposible, al menos mucho más difícil de lo que muchos afirman, ponerse en el lugar de otro si no se ha vivido una situación similar.

El tema de la discriminación sexual, consecuentemente, está fuera de mi entendimiento. Esto no quiere decir que no comprenda que existe un problema, ni que no haya que actuar, sino que no veo otro origen posible que el miedo o la avaricia en el reparto de poder hace mucho, mucho tiempo y que los beneficiados no tienen (tenemos, sería más correcto) excesivas ganas de corregir la situación porque supondría ceder cuota de algo en casi todo.

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“Dios en persona” de Marc-Antoine Mathieu (Ed. Sinsentido, 2009)

Los humanos hemos conseguido algo que considero muy complicado, convertir los extremos en hábito. Cuando era pequeño, mi padre, cuando se despedía de mí y de mis hermanos siempre lo hacía con una frase que venía a decir más o menos lo siguiente: “Sed regulares, ni buenos ni malos.” Yo la consideraba más una forma de hablar que otra cosa, una forma mínima de originalidad, casi como un ejercicio de psicología inversa, tratar a un niño como un adulto, hacerle ver que tiene elección. No soy consciente de que hubiese objetivos ocultos en sus palabras, pero con el paso del tiempo las he llegado a ver como una rareza.

Es en este aspecto, “Dios en persona” es una obra de total ciencia-ficción. Y no es porque Dios se materialice. Que baje a la Tierra, se quiera apuntar al censo y comience a explotar (económicamente) su nombre e imagen. Creando su logo, como cualquier empresa. Lo más sorprendente es que la gente se lo crea. Llegar a un punto en el que se acepten las pruebas de su existencia. Porque, afrontémoslo, en nuestra sociedad de la información, de la imagen, donde ya parece que lo hemos visto y oído todo (que triste me pone afirmar esto, y que ignorantes somos por creérnoslo) y que todo tiene truco y es producto de la mente de algún creativo.

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