El coronel no tiene quien le escriba

“La dignidad no se come.”

“El que espera lo mucho espera lo poco.”

“La ilusión no se come.”

“Sintió que algo había envejecido también en el amor.”

“Nosotros ponemos el hambre para que coman otros.”

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El Apocalipsis según…

Siempre existirán las razones que inciten a los humanos a pensar en una gran catástrofe que ponga en peligro la continuidad de la especie. No suelen estar relacionados con procesos degenerativos, de esos hablaremos más adelante, ahora no es el tema.

Son motivos muy diversos: desastres naturales, terrestres o extraterrestres, o causas puramente humanas, crisis, guerras nucleares o de las otras, cambios climáticos y demás provocaciones al planeta. Son estas categorías muy generales pero tampoco es intención profundizar por ahí.

Implican estas visiones una percepción pesimista del presente y el futuro y trabajan sobre dos puntos importantes. La confianza o desconfianza en el género humano (grande en cuanto a su potencial, ínfima en cuanto a sus motivaciones) y una cierta esperanza en que el destino nos espera con algo mejor. Como si aún no mereciésemos el triste final que plantean.

A pesar de que la idea de tocar este tema surgió durante el visionado de una película como “El libro de Eli”, donde las actuaciones de Denzel Washington y Gary Oldman son de lo poco destacable y la apología del catolicismo bordea lo surrealista. Por resumir, es la aventura de una especie de profeta con alma de superhéroe karateka que lleva un libro hacia el oeste y un malo malísimo se lo intenta quitar. Sirvió únicamente de punto de partida, para avanzar con las conclusiones nos centraremos en otras obras bastante más interesantes.

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“Cine club” de David Gilmour y otra selección más

"Wendy and Lucy" de Kelly Reichardt

“Ni escuela, ni trabajo, ni drogas; solo tres películas a la semana.”

Antes de comenzar, “Cine club” es una lectura totalmente recomendable, de hecho son 250 páginas en la edición de bolsillo que se consumen casi sin darse cuenta. Un estilo claro y sin mucho miramiento, entretenido y donde se tocan temas como relaciones paterno-filiales (con una mezcla entre sobreprotección, melodramatismo y buenrollismo un poco demasiado empalagosa en ocasiones), los primeros pasos en el mundo de un adolescente, las dudas de un hombre de mediana edad ante su futuro y el de su hijo. Todo ello acompañado de una personal selección de películas, un recorrido por el cine norteamericano (empezando por el cine clásico y de ahí hacia delante, tocando todas las calidades y géneros), algo de cine europeo (francés e italiano sobre todo), un poco de cine independiente e, incluso, algo de televisión.

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“El extranjero” de Albert Camus

En la contraportada de este libro, en medio de una explicación-sinopsis, se puede leer: “Una serie de circunstancias conduce al protagonista de la novela a cometer un crimen aparentemente inmotivado, la muerte de Meursault en el patíbulo no tendrá más sentido que su vida…”. He de decir que no había consultado esta contraportada y me asomé al libro desconociéndolo todo sobre la obra. Mis conocimientos sobre Albert Camus se limitaban a saber que era francés, del siglo XX y que la componente filosófica (existencialista parece ser, a pesar de que al propio Camus no le agradaba la etiqueta) tenía cierta relevancia. Ante estos datos, se presenta una novela, y de una novela pues se espera el desarrollo de una trama, donde la causalidad y demás tenga su cuota.

Pues no. El hilo argumental es tan fino como lo que expresa el mini-resumen, y es a partir de ahí donde el interés aumenta exponencialmente, el planteamiento sobre la condición humana, las motivaciones en la toma de decisiones, el imperio de los sentimientos frente a la lógica y la razón.

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“La niebla y la doncella”, Lorenzo Silva

-No eres tan débil como presumes de ser- me reprendió.
-¿Qué presumo de ser débil? ¿Y por qué iba a hacer eso?
-Bueno, es una forma de coquetería como cualquier otra.

No tengo muchas certezas, pero hay algo que mientras me alcancen las fuerzas trataré de honrar siempre: la lealtad a quien soporta contigo, codo con codo, el barro y el polvo de la misma trinchera.

A medida que vas teniendo un conocimiento más amplio de la obra de algún autor empiezas a reconocer constantes en el desarrollo de ciertos personajes. No tanto en el tipo de personaje, que también, como a actitudes, posiciones o determinadas particularidades que lo cualifican más que cualquier ocupación, género o situación social. Son personajes que remiten irremediablemente al propio autor, le confieren un aire autobiográfico, lo que no se sabe muy bien es diferenciar si lo que es, lo que cree ser o la imagen de lo que es o cree ser.

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“El ángel oculto” de Lorenzo Silva

“Tampoco me he tropezado con mucha gente que remontándose más allá de las limitaciones de su propio origen, es decir, aceptándolas, señalara tan certeramente las limitaciones que su procedencia imponía a otras”

“No podía dejar de interpretar que la novela había sido escrita, en gran medida, para compensar la ausencia  y el destierro, de esa manera tan española que consiste en revolver la sorna con la expresión infiltrada, casi de contrabando, de las heridas del corazón.”

“A pesar de todo, dejé pasar el tiempo hasta que pidieron la cuenta, con la subrepticia esperanza, sospeché después, de que los acontecimientos escaparan a mis designios.”

“Tal vez deberías probar a ser un tipo normal, conseguir un trabajo, y conformarte con lo que cayera, como yo. Hace diez años que me aburro y vivo feliz.”

Es un tema que comienza a ser recurrente y que no viene más que a confirmar lo que ya he expresado aquí anteriormente. Sucede más de lo habitual (tiene que ver inevitablemente con el tipo de obra a la que te aproximas) y la conclusión no es tan evidente como parece. Una vez se conocen las consecuencias las causas son más directas, las interpretaciones a posteriori acostumbran a carecer de calado crítico. La implicación con un libro te hace buscar equivalencias, experiencias o enseñanzas aplicables a la propia situación.

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“La carretera” de Cormac McCarthy

Un padre y un hijo viajando por una carretera en un mundo del que nada se sabe más que su desoladora situación. Devastación, ceniza y esa carretera a la que se agarran con su carrito de supermercado buscando la benevolencia climatológica del sur, un sur del que ni siquiera saben si seguirá allí cuando lleguen.

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“Sin listas de cosas que hacer. El día providencia de sí mismo. La hora. No hay después. El después es esto. Todas las cosas bellas y armónicas que uno conserva en su corazón tienen una procedencia común en el dolor. El hecho de nacer en la aflicción y la ceniza. Bueno, susurró para el chico que dormía. Yo te tengo a ti.”

El mundo ha quedado reducido para estos dos seres humanos a una búsqueda del alimento y del fuego. En su exiguo carrito mantas, una lona, un hornillo y los víveres que se van encontrando por los restos de una civilización que ha terminado. El padre refleja la supervivencia del que lo ha perdido todo menos la vida y el hijo, que desconoce esa realidad previa, basa sus reacciones y juicios en el instinto y la intuición más que en convenciones sociales desparecidas y que su padre intenta mantener como un último reducto de coherencia.

Curiosamente el hijo resulta más humano (o humanitario) con un concepto de la justicia y una diferenciación entre bien y mal pura, no condicionada. Su interpretación tiene como única base las indicaciones del padre, esforzado en mantener al pequeño no más en contacto con la realidad de lo necesario. El niño recoge esos datos y los confronta con la realidad que se le presenta, acaba convirtiéndose en el más racional y analítico de todos los supervivientes.

“Si no cumples una promesa pequeña tampoco cumplirás una grande. Es lo que tú me dijiste.”

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