“Carta abierta a ti” en el número 13 de Granite & Rainbow

No me cuesta mucho reconocer que es la primera vez que escribo algo así, y que alguien lo considera lo suficientemente bueno como para que aparezca en una publicación. El número 13 de Granite & Rainbow, que celebra su primer aniversario, está dedicado a sus redactores, con textos inéditos de todos ellos (algunos notables, otros sencillamente excelentes, para todos los gustos y colores). Como se me dio la oportunidad de colaborar ya hace tiempo, pues he intentado aprovechar la oportunidad. Aquí queda mi aportación (también hay una pequeña entrevista e, incluso, una foto) pero os animo a que os acerqueis a la revista, porque siempre se encuentran cosas muy interesantes.

CARTA ABIERTA A TI

Tú no eras mi rival. Había trabajado mucho para conseguir mi actual posición. Merecía todos y cada uno de los reconocimientos y recompensas que había obtenido. Cuando comencé en la empresa no sabía que iba a convertirse en el camino que debía seguir. En realidad, casi podría definirla como una consecuencia natural. Estábamos condenados a encontrarnos. Se te plantea la posibilidad de convertir un hobby en tu profesión. Y lo haces. ¿Por qué no? Generalmente ya empleas tu tiempo gratis, así que si alguien añade el sueldo, pues mejor que mejor. Comencé a implicarme cada día más. Lo anteponía al resto de mis ocupaciones, abandoné mi anterior trabajo y la carrera que mis padres habían hecho suya, a modo de sueño personal proyectado, como si fuese aspirante a deportista profesional y mi carrera y fama resultasen los de toda la familia . No es que me desagradara la idea, es que cada vez que me siento obligado a hacer algo, inmediatamente lo repelo. Es innato, puede ser que me “rebele” en un primer momento, pero es algo que voy asumiendo con bastante rapidez. Lo hice, por supuesto, de forma gradual, sin confrontaciones, evitando dramatismos engorrosos. Es muy cómodo ser reservado, te acostumbras a no hablar de ti y la gente acaba por no preguntar o por aceptar un lacónico sí, un educado bien o un tajante no.

No fue solo la carrera profesional prometida, también limité las excursiones con amigos, amigas o parejas. Nunca tenía tiempo. Eran mayoritariamente comprensivos, si lo envuelves con el adecuado envoltorio de obligación embebido de necesidad, puedes convencer a cualquiera. Hay quien incluso se vuelca más. Te ayudan, te animan y te buscan, obtienes una dosis de cariño extra, que siempre viene bien. Lo que en un principio era una molestia, pasó a ser mi día a día, refugiado en la soledad de mi casa o escudado en una agenda imposible y adecuadamente irregular. No hablaba casi nunca, al menos no en voz alta, porque tenía auténticas discusiones con casi todo el mundo a través de mi cabeza. Me respondía, probaba otra vez, iba moldeando el tema en base a mis propias creencias, hasta encontrar la (mi) perfección. El resultado me satisfacía lo suficiente como para autoconvencerme de que podía hacer lo que quisiera, que si no lo hacía era, simplemente, porque no tenía ganas. Puede que la frustración latente por nunca pasar a la acción real, con humanos reales, naciese ahí, quien lo sabe.

Yo creo que mis grandes sacrificios, al menos yo siempre los he considerado grandes, serían vistos y apreciados por todo el mundo. Que la JUSTICIA y el RIGOR, así, con mayúsculas, serían la vara con la que se me mediría. Por eso nunca me sentía amenazado. Llámame ingenuo. No solo justicia y rigor, sino justicia y rigor derivados de mi opinión y mi modo de ver las cosas. Me resultaba totalmente incomprensible que nadie viera lo que para mí era obvio. Sin embargo, a veces me pongo a pensar y reflexiono. ¿Qué sabía yo de ti? ¿Sabía algo en realidad? Pues no mucho, supongo que simplemente me había conformado con la visión superficial que fui moldeando. Fundamentalmente porque era la opinión que más se adaptaba a mis necesidades. No necesitaba torturarme porque incluso ahí encontraría un modo de salir victorioso. Hasta en lo más bajo, siendo malo, vería lo inteligente que fui siendo autocrítico. Yo soy así. Seguramente mi mayor defecto sea la falta de marketing personal. Como persona humilde, no me gusta vanagloriarme de lo que hago. Como un filántropo de los que ya no quedan. En resumen y para que te quede claro: esfuerzo máximo, capacidad, competitividad (pero de la sana), respeto, perfil bajo, vamos, una joya. Por eso no creía que tuviese que preocuparme por ti. Al menos nunca lo mostraría abiertamente. Guardaría para mí los debates y consideraciones, hablaré con quien haga falta, al cobijo de mi sagaz cerebro, para defender mis méritos y valías en comparación con las tuyas. Ahí nunca ganarías.

Los primeros indicios de tu ascensión solo consiguieron indignarme. No cabía otra explicación que una cuidada trama encubierta destinada a arrebatarme lo que era legítimamente mío. Tú nunca tuviste lo que hacía falta para confrontarme. Inevitablemente tuve que buscar alianzas, personas tan convencidas como yo de que toda decisión procede siempre del agravio. Socios en esta campaña sobran. La búsqueda de culpables es un proceso que precisa colaboración. Autoexaminarse es duro y complicado, hay que ver en que se ha fallado, si se ha esforzado uno lo suficiente, si hay mimbres, de los de verdad, y se han pulido correctamente. Exige conversaciones incómodas y es algo a lo que no estaba dispuesto. Resulta más práctico volcar las frustraciones sobre otro. Por supuesto, el jefe es el blanco más a la vista, pero, al fin y al cabo, enfrentarse a él acaba por colocarte en una posición incómoda. Había que volver las miradas sobre ti. ¿Qué podían haberte visto? Careces de habilidades, de principios, de presencia, eres una manipuladora, casi diría que una mala persona, te aprovechas de tu condición de mujer en un mundo de hombres para exigir algo que no mereces, la discriminación positiva podría considerarse hasta mezquina. Lo que más me dolió fue que solo yo y mis “secuaces” supiéramos esto. Que hubieras engañado al resto del mundo.

Como mi táctica ofrecía, como mucho, una cierta dosis de satisfacción personal y poco rédito profesional no me quedó más remedio que pasar a la acción. No se puede hacer a lo loco y hay que disfrazarla de buenas intenciones. Para esto hay una táctica muy eficaz y simple, pero tan buena que hasta me avergonzaría reconocer de donde la he aprendido. La cosa va más o menos así. Empiezas con una crítica personal, algo no muy ofensivo, tampoco hay que pasarse. El objetivo es dotar a tu opinión de veracidad. Nadie que es capaz de percibir sus propios errores será incapaz de analizar los de los demás. En ese momento tienes a tu interlocutor en el bolsillo. A partir de ahí, solo has de dirigir la conversación, introduciendo ideas y hechos (que siempre, oportunamente, alguien ha visto o te ha contado) que vayan minado a tu rival. No es algo que vayas a conseguir en un día y que debas limitar a un único destinatario, has de esparcirlo lo más que puedas. Como ese juego en el que los participantes se colocan en fila y tienen que pasarse un mensaje al oído unos a otros. El resultado, te lo puedo asegurar, es sorprendente y solo puede ir hacia arriba. Criticar es muy gratificante y, por comparación, cuanto más caiga la víctima, más subiré yo.

Todo esto te puede parecer de una mezquindad y una bajeza difícil de asumir, pero deberías preguntarte primero si te lo mereces. Si tus maniobras han encontrado respuesta en alguien más preparado y más decidido que tú. A mí a estas alturas ya hasta me da igual, solo quiero lo que me corresponde.

Total para nada. hay un dicho, más bien una frase hecha, que dice que la realidad es tozuda. Obstinada. Se empeña en llevarme la contraria a pesar de que pongo todo de mi parte. Tan concentrado estaba en mi objetivo que acabe por regocijarme en tu desgracia y olvidando esos grandiosos méritos que mi posición apuntaba. Es lo malo de basar la táctica en la palabra. Que salen solas, son demasiado volátiles, nada queda y, para qué engañarnos, hablamos demasiado. E igual que muchos, como yo, nos habíamos conjurado para derrocarte, para confrontarse a esos que te habían convertido en su proyecto personal. Fue un cambio tan sutil que pasó desapercibido para mí. Probablemente, deslumbrado por mi propia sagacidad no había ponderado los riesgos de mi plan. Hice de ti el tema de moda. Una encuesta de popularidad de la que nunca debiste salir victoriosa. Había preparado tu referéndum minuciosamente y, aunque contaba con algún ocasional esquirol, no había lugar a dudas. Estabas destinada a caer en el olvido yo a ser elevado a los altares de la excelencia y el trabajo bien hecho.

Nunca contemplé otro escenario y, por eso, descubrir la realidad fue como recibir una bofetada, pero no una llena de rabia e ira, sino una ofrecida por el desprecio y la indiferencia. Imagino que si hubiese sido más consciente del proceso, la compasión y la pena que hubiese generado en mi entorno acabaría derivando en un exceso de atenciones sobre mi persona. Podría haberme regodeado en mi dolor y habría tenido tiempo para asimilar todo aquello que había conseguido, según mi propia visión, claro, no eran más que ilusiones en la cabeza de un niño con exceso de azúcar y tiempo libre. Incluso habría disfrutado con mi depresión. Los procesos autodestructivos son uno de mis vicios inconfesables. Pero ni eso me concediste. Estaba tan ocupado intentando demostrar lo poco que significabas que verme derrotado por ti fue demasiado para mí, no pude aceptar el golpe.

Por eso me fui, antes, por supuesto, hubo una gran discusión entre mi ego y mi orgullo. Uno exigía gritos e improperios que dieran salida a todos los reproches que merecías y otro pedía, con mucha paciencia y grandes dosis de constancia, una retirada silenciosa que salvaguardase en lo posible mi dignidad. Como el resultado de ese debate ya lo conoces, no voy a extenderme en detalles, solo añadir que no me arrepiento de nada.

Una vez acabado este idilio que no fue con mi hobby-profesión, tuve que decidir qué hacer con mi vida. Porque, y esto lo descubrirás cuando dejes de trepar (o escalar, o lo que sea que hagas, no es mi problema) por el escalafón social y profesional, el mundo no acostumbra a pararse por mucho respiro que necesites. Así que retomé esa carrera que tanta ilusión hacía a mis padres. Conocerte, y enfrentarme a ti, me ha servido para demostrarme a mí mismo que soy capaz de lo que sea con tal de conseguir aquello que ansío. A veces las cosas no salen como esperas y quien menos se lo merece (tú) obtiene el premio, pero eso no tiene por qué ser siempre así.

Cuando todos vean el error que cometieron con nosotros ya será tarde, estaré en otra parte y sé que me irá bien. A ti también porque estoy convencido de que, en el fondo, no somos tan distintos.

Sinceramente tuyo.

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