“La indiferencia de Estados Unidos”, artículo de Paul Shirley en El País (02/09/10)

“Uno no puede ser un novio o un perrero o un gigoló a no ser que se comprometa a ser un novio, un perrero o un gigoló. Uno tampoco puede ser un jugador de baloncesto a no ser que se comprometa a ser un jugador de baloncesto. El problema es que comprometerse a interpretar o a jugar al baloncesto implica la posibilidad de un fracaso estrepitoso, catastrófico y notable. El joven actor o el joven jugador saben que comprometerse con su trabajo podría llevarles a fracasar en él. Lo que todavía no saben es que, si no se comprometen, seguro que fracasarán.”

Luis Scola


Artículo completo

El baloncesto ocupa un lugar muy importante en mi orden de prioridades. De hecho, siempre he considerado que la práctica deportiva produce beneficios en el practicante más allá del rendimiento físico puro y duro. Mi experiencia personal me dice que los caminos del desarrollo personal también se ven claramente afectados.

En los momentos en que escribo esto se está disputando el Mundial de Turquía de Baloncesto Masculino, un evento que estoy siguiendo  con especial interés. Como, además de eso, me encanta leer pues también entretengo algo del tiempo libre del que dispongo (que seguramente es más del que debería) en devorar todo tipo de artículos relacionados con el evento. El artículo que recomiendo a todo el mundo del que extraje la cita con la que arranco esta entrada me devolvió la idea con la que abría este comentario.

El tema del compromiso con lo que se hace es indudable. Para hacer algo, lo primero que nos deberíamos exigir es compromiso, no es necesario que la actividad sea de nuestro agrado (lo que ayuda) sino que está relacionado con la seriedad, las ganas de hacer las cosas bien, de sacar lo mejor de cada uno. Ni siquiera tiene que ver con la habilidad que tengamos para la actividad en cuestión, las aptitudes –bajo mi modestísima opinión- pueden verse suplidas con toda naturalidad por la actitud.

En el propio campeonato podemos encontrar ejemplos más allá del que menciona el autor del artículo. Selecciones a priori superiores a otras se han visto sorprendidas (algunas llegaron a la derrota, otras pudieron salvarse con mucho sufrimiento) y han alimentado con carnaza a la prensa, siempre ávida de fracasos de ídolos creados por ellos mismos, no era este el tema pero mientras escribía esta idea me ha venido a la cabeza y no quería dejarlo pasar.

Todo esto nos lleva al objetivo real de este post, la pose. Mostrar a todo el mundo la falta de interés en algo (lo que sea, vida personal, laboral, deporte…) como defensa ante el fracaso. Solo pierden los que compiten, los que renuncian (renunciamos, qué rápido saltan los verbos de la primera a la tercera persona, como un mal aficionado que renuncia a su equipo en cuanto vienen mal dadas) realizan un perverso doble juego. Por un lado, desprecio sobre los que siguen jugando –una “superioridad” totalmente fingida- y por otro un miedo atroz a entrar en la dinámica y verse relegados, al fracaso.

El miedo es un poderoso enemigo, casi se diría que el más poderoso porque consigue algo tan fácil y enorme como anular nuestras capacidades y anularnos a nosotros.

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