“La niebla y la doncella”, Lorenzo Silva

-No eres tan débil como presumes de ser- me reprendió.
-¿Qué presumo de ser débil? ¿Y por qué iba a hacer eso?
-Bueno, es una forma de coquetería como cualquier otra.

No tengo muchas certezas, pero hay algo que mientras me alcancen las fuerzas trataré de honrar siempre: la lealtad a quien soporta contigo, codo con codo, el barro y el polvo de la misma trinchera.

A medida que vas teniendo un conocimiento más amplio de la obra de algún autor empiezas a reconocer constantes en el desarrollo de ciertos personajes. No tanto en el tipo de personaje, que también, como a actitudes, posiciones o determinadas particularidades que lo cualifican más que cualquier ocupación, género o situación social. Son personajes que remiten irremediablemente al propio autor, le confieren un aire autobiográfico, lo que no se sabe muy bien es diferenciar si lo que es, lo que cree ser o la imagen de lo que es o cree ser.

Después de esta introducción de la que, casi con seguridad, no se ha entendido nada pero consideraba necesaria, situamos el tema en concreto. La niebla y la doncella es la tercera de cinco novelas de Lorenzo Silva sobre dos guardias civiles, el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro. Una pareja donde uno pone el contrapunto al otro, al estilo de las más clásicas, ortodoxia contra heterodoxia, cinismo contra lo políticamente correcto, la realidad frente al ser pasado de todo, la experiencia contra la ilusión. Unos contrastes que van limándose a medida que su relación avanza, diluyéndose en las experiencias vitales de cada uno que, inevitablemente, salen y afectan al personaje.

Los investigadores acuden a las Canarias para investigar un caso antiguo, un asesinato ocurrido dos años atrás y que amenaza con quedarse empolvado para siempre. A partir de aquí, una estructura más o menos clásica. Se presenta el crimen (capítulo inicial a modo de prólogo). Aparecen los personajes ya conocidos y con ellos una batería de colaboradores y sospechosos, nuevos y antiguos. Se desarrolla la investigación y, en un momento dado, se resuelve el crimen. No falta el cara a cara final con el/la/los/las responsable/s, donde unos explican, otros se justifican y nadie es ni tan bueno ni tan malo como se podría sospechar. Se aprecia un esfuerzo en este punto, lo que define una característica importante aportada por el autor, la ambigüedad. Los matices en las personalidades, una aproximación más a la realidad alejada de la clara delimitación entre el bien o “los buenos” y el mal o “los malos”.

Lo que más duele es que, en  definitiva, como todo relato de misterio que se precie, lo que importa es resolver la cuestión, ¿quién es el culpable? Y no solo eso, sino llevarlo todo por un camino que no sea evidente. La intriga debe mantenerse, y dos caminos surgen como posibilidad. Ocultar al lector el responsable o solamente a los personajes. Ir desentrañando la historia para, llegado un punto, solucionar la cuestión.

Es este el momento más delicado de la obra, uno puede disfrutar el camino (eso por supuesto) pero todos somos conscientes de que, en este tipo de libros, la resolución del misterio es la clave. Y es tan importante el quien (mi habilidad para reconocer a priori al responsable es, mayoritariamente, nula) como la lógica de la solución, un giro inesperado al estilo de los magos de feria hace perder fiabilidad al conjunto. Las piezas quedan colocadas pero la sensación es de engaño. No se puede evitar pensar: “Me han tenido esperando para esto.” Al estilo de las series de TV que tanto se llevan ahora, donde parece que se va a ir viendo la solución a los misterios que se plantean pero que nada de nada hasta el último día y todo de golpe.

En realidad, conformarse con disfrutar el camino no está mal tampoco.

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