“Ocho maneras sencillas de destruir la soledad” relato de Pedro Larrañaga

Nada más cerrar la puerta, ya estaba ahí.
Sentada, en su sillón preferido, el suyo, el de usted. Hojeando, con desgana, su libro preferido, el suyo, el de usted. Aún se preguntaba cómo podía haber sucedido, por qué él, o ella, se habían ido, y ya estaba ahí.
Llegó sin avisar, sigilosa, por las escaleras, para quedarse a vivir. Sí, es cierto, nadie la invitó a pasar, a cenar en su mesa, a quedarse de pie a su lado mientras se baña, revolverle las sábanas o sentarse con usted en la cocina, pero ya está aquí.
Eso es lo que tiene la soledad.
No respeta sus decisiones, ni le importa si usted quiera que se vaya. Es una chica caprichosa (y algo cruel, para qué negarlo), que sólo sigue sus propias reglas. Adopta formas distintas y variadas, pero se le conocen costumbres repetidas en muchos de los casos:

–    Contar historias pasadas, habitualmente tristes, que usted no quiere recordar.
–    Esconder objetos cotidianos, para aumentar su sensación de pérdida.
–    Remover el polvo acumulado, con lo que se le mete en los ojos y ya no puede evitar las lágrimas.
–    En la cama suele hacer difícil conciliar el sueño, así las noches se hacen más largas y el cansancio se apodera de nuestra vida diaria.

Y como esas, muchas más. Estas son sólo algunas de sus conductas, identificadas por los más prestigiosos investigadores de las más prestigiosas universidades, tras analizar a una muestra suficientemente representativa de sujetos. Pero todos sabemos que hay más.

Muchas más.

De todos modos, tranquilidad, no caiga en la desesperación. Ahora, en este preciso momento, nos complacemos en poner a su alcance un método, casi infalible, para acabar, de una vez por todas, con ella. No, no, no lo dude, no es el momento de tener piedad.

¿Acaso ella la tiene cuándo le habla de sus lejanos paseos por la playa? No, que va, no la tiene.
¿O cuándo le hace sentir tan pequeño/a frente al televisor, atiborrándose de chocolate? No, de eso nada, no la tiene.
¿O, quizás, cuándo le pide que se quede en la cama, sin hacer nada, porque ya nada hay que hacer? No, jamás, no la tiene, no tiene la más mínima piedad.

Es por eso que no debe vacilar. Es ahora o nunca. Aquí tiene las ocho maneras más sencillas de destruir su soledad. De una vez y para siempre. O al menos hasta la próxima ocasión.

(Antes de comenzar, por favor, lea atentamente las advertencias al final de este prospecto)

1. Es la hora del cine, de ver una película. Acción, aventuras, nacional o extranjero, da igual, lo importante es salir.

Sí, probablemente se encuentra usted un poco desconectado/a de la actualidad cinematográfica, pero no se preocupe, eso no es lo importante.
No se trata de empaparse de obras maestras de la gran pantalla (normalmente son largas y aburridas), o de posicionarse a favor del cine español (eso lo dejamos para los ministros de turno), ni siquiera estamos hablando de distinguir a los buenos de los malos (lo importante, al fin y al cabo, es si están buenos). Hablamos de ir al cine. Lo importantes es ir, a qué ya es secundario.
Seguro que recuerda dónde queda el cine más próximo a su domicilio. Pues no tiene más que acercarse, comprar una entrada, coger palomitas y dejarse rodear. Por familias enteras, por grupos, parejas, amigos, matrimonios, peñas o defensores de los derechos humanos. Rodeado, rodeado por todos.
El método es sencillo. Mientras compra la entrada, acérquese mucho a los que están delante de usted y escuche sus conversaciones. Ríase si hacen bromas o niegue con la cabeza si hablan de problemas o inconvenientes. Hay que recuperar la costumbre de escuchar a los demás. Ya sabe que uno de los mayores problemas del mundo es la falta de comunicación, la gente ya no se para a escuchar. Pero usted sí.
Después, en la sala, sentirá la compañía de cientos de personas. Personas que reirán, se divertirán o se emocionarán con usted. Y así conseguirá lo que está buscando: compartir con alguien esa hora y media o dos horas que dura la película. Un gran comienzo, ¿no le parece?
Nota: Hay informes de actuaciones parecidas en el mundo de la música. Ir a un concierto lleno de gente puede ser una experiencia muy interesante. Personas saltando y cantando en continuo contacto. Además, suele haber alcohol, lo que favorece la comunicación espontánea. De todos modos, se recomienda informarse bien del grupo musical, hay muchos artistas que disfrutan del rollo “genio sufridor” y pueden resultar contraproducentes para sus objetivos.

2. El deporte es vida, en especial el fútbol.

No, no se asuste, no hablamos de comprar unos pantalones cortos o sudar corriendo sin aire detrás de un balón. El llamado deporte rey ofrece otras alternativas más provechosas para sus necesidades (y mucho menos cansadas).
Hágase socio del club de fútbol de su ciudad y acuda cada domingo al estadio. Cómprese su bufanda y su bolsa de pipas, y ya estará listo para formar parte de esa marea que apoya incondicionalmente al equipo de sus amores. No hay mejor lugar para liberar tensiones en comunidad que un estadio de fútbol. Olvídese de las aburridas terapias, saltar y gritar con otras veinte mil personas cuando su equipo consigue marcar un gol, será un momento inolvidable. Silbar, chillar, aplaudir, toda una completa  gimnasia comunitaria. Además, los lazos que se forman con los vecinos de butaca son para toda la vida, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte o el descenso los separe.
¿Qué en su ciudad no hay equipo de fútbol? No se preocupe. Apenas a un par de metros de su portal, hay un bar en el que ver los partidos por televisión. Liga, copa, champions, mundial y torneos de verano. Casi no habrá día en el que no pueda bajarse a pasar dos horas rodeado/a de sus compañeros.
Para esta segunda alternativa, se recomienda aficionarse a la cerveza. Un forofo del fútbol sin cerveza no es lo mismo. Además, también es muy útil hojear cada día el Marca para tener suficientes tópicos que repetir durante la retransmisión deportiva.
El fútbol es muy recomendable en estos casos porque posee una figura de gran valor terapéutico: el árbitro. Este es un personaje diseñado para proyectar en él todas nuestras frustraciones e insultarle como si fuera el mayor villano de la historia y responsable de todas nuestras desgracias. Es muy relajante llamarle de todo a alguien en medio de la aprobación de los que nos rodean.

3. Su nuevo mejor amigo: una mascota.

Un perro, un gato, un conejo, da igual, en lo esencial no hay grandes diferencias. Sus necesidades básicas no cambian demasiado de unas a otras. Hay que darles de comer, limpiar sus cacas y dejar que se duerman sobre sus piernas. Cosas sencillas.
Esta es una de las formas más tradicionales, lo sabemos, pero, a veces, funciona. Sobre todo si usted disfruta hablando sin esperar una respuesta. Su mascota estará ahí para recibir sus caricias y sus reproches, para atender a sus historias y anécdotas, para soportar sus enfados y sus berrinches. Y todo ello sin una sola palabra en contra. ¡A que es increíble!
Para su mascota usted siempre será el centro del universo. No habrá amigos/as que interfieran en la relación. Su familia tampoco será un problema, es difícil que su mascota tenga claro quien es su madre o su padre. Son cariñosos y sólo piden comida a cambio.
Es cierto que no se puede esperar mucho de ellas en términos de compartir gustos o aficiones, pero es innegable que resulta un buen comienzo para expresar nuestras emociones. Con ellas siempre tendremos un oído atento a nuestro lado. No se deje engañar por su expresión de aburrimiento, tienen un gran mundo interior.

4. Cultive su imaginación.

La imaginación es una de las herramientas más poderosas del ser humano. Sin ella no habría sido posible ninguna de las grandes creaciones de la humanidad. Ni la literatura, la ingeniería, la arquitectura o la pintura, por poner sólo unos ejemplos, habrían alcanzado las grandes cimas que han conquistado, de no tener una mente imaginativa tras ellas.
Ahora es el momento adecuado para que usted le saque partido a su imaginación.
Créese otra vida más allá de la realidad en la que vive. Puede empezar con un pequeño detalle, como inventarse otra profesión u origen, y después continuar con elaboraciones más complejas. Un amigo imaginario o crear un alter ego de nosotros mismos es toda una aventura llena de posibilidades.
¿Siempre había soñado con ser actriz o pintor? Pues a qué está esperando.
¿Una vida de éxito como jugador de pádel? Ahora es posible.
¿O acaso ser el centro de una complicada trama de espías y sicarios? Por supuesto, usted pone los límites.
A medida que avanzamos en la construcción de esta otra vida, se pueden ir añadiendo detalles y nuevos personajes, hasta construir un gran conglomerado de espacios, eventos y aventuras. Se recomienda, también, ir sustituyendo recuerdos, especialmente los desagradables, por anécdotas felices, adornadas a su gusto. Eso sí le hará disfrutar.
De todos modos, tenga en cuenta que mantener todo este mundo imaginario, requiere también de una gran constancia y esfuerzo. Es de vital importancia que tenga esto muy presente antes de comenzar, para evitar posibles frustraciones si todo el castillo de naipes se viene abajo.

5. Nunca es tarde para estudiar una carrera.

En su momento no le interesaban los estudios porque eran muy aburridos. Tal vez comenzó en la universidad, pero lo dejó porque encontró un trabajo en el que le pagaban bien. Quizás sí la terminó, pero hace ya mucho de eso.
Sea cual sea su caso, bórrelo de su mente.
Aquí no estamos hablando de si el sistema universitario funciona o no, eso no es nuestro asunto. Tanto da la calidad del profesorado o los inexplicables créditos de libre elección. Lo importante, en el caso que nos ocupa, es que la universidad es un lugar en el que se juntan, cada día, miles de individuos llenos de ansias de relacionarse. Es todo un mundo de oportunidades.
Pedir o prestar apuntes. Saltarse clases y jugar a las cartas en la cafetería. Los trabajos en grupo. Los compañeros de prácticas. Las fiestas de facultad. Las manifestaciones. Montones de oportunidades en las que compartir horas y horas con otros universitarios.
Evidentemente, esta opción puede ser más arriesgada si usted ya tiene una edad, sobre todo si sus escrúpulos son altos en cuanto a las relaciones intergeneracionales. Sin embargo, antes de descartarla por completo, recuerde que esos miles de universitarios aún tienen una opinión idealizada del sexo, en muchos casos, fruto más de películas o páginas de Internet, que de la propia experiencia. Ya sabe, a situaciones desesperadas, medidas desesperadas.

6. Viajar es un placer.

No es necesaria una gran inversión, ni empacharse de miles de kilómetros para visitar monumentos que, para qué engañarnos, no le dicen nada.
Muchas veces, nuestros propios lugares de residencia son los que menos conocemos, y ya es hora de cambiar eso. Empiece utilizando el transporte público, el autobús o el metro, el que más le guste. Olvídese de ir solo/a en el coche, escuchando la radio, donde nunca se puede saber cuando van a poner esa triste canción que nos arrancará las lágrimas. De eso nada, mucho mejor el transporte público, dónde va a parar. Y más ecológico y de buen ciudadano.
Sentado junto a un desconocido/a, cualquier primera frase por su parte, servirá para iniciar un interesante diálogo. Es importante conocer a fondo los principales temas de conversación del transporte urbano: el tiempo, la poca amabilidad de los jóvenes para ceder el asiento, cuando era pequeña, éste no pasa por la Plaza de España, y todos los clásicos. Si se ve un poco fuera de lugar al principio, sería mejor aprovechar los primeros viajes para observar y estar atento/a a las costumbres de los demás usuarios. Alterne entre líneas muy concurridas y otras más tranquilas, para poder descubrir sutiles diferencias y estar al corriente de todo. Nunca se tiene demasiada información.
Poco a poco puede ir probando con viajes un poco más largos. Trayectos a poblaciones cercanas con los que estirar más las conversaciones, hablar sobre la familia o el trabajo (mucho mejor si son los imaginarios) o, incluso, afianzar una bonita relación estable hasta que se abra la puerta del autobús.
Nota: es importante conocer bien los horarios, para evitar posibles sorpresas. No hay nada más triste y solitario que esperar por el autobús en una estación de carretera semi abandonada.

7. Compartir es vivir.

Ni se le ocurra. Seguro que ha pensado en la idea de volver a casa de papá y mamá, pero ese sería su mayor error. En serio, fatal.
Sus padres son los mejores del mundo, eso sin duda, pero en estos momentos de fragilidad emocional, el impacto de una vuelta al hogar paterno puede tener consecuencias irreversibles. Ellos quieren lo mejor para nosotros, pero sus preguntas, sus miradas y sus comentarios, son difíciles de controlar. En ocasiones, llegan como una bofetada cuando uno menos se lo espera. Y entonces la caída es inevitable.
Además, ya somos adultos, es hora de afrontar, y resolver, nuestros propios problemas.
Por eso seguiremos una de las felices recomendaciones de nuestros progenitores: compartir es vivir.
Ponga un anuncio y busque alguien con quien vivir en común. Esa habitación o habitaciones que le sobran pueden tener un mejor uso que acumular en su interior cacharros y porquería inservible. Con un compañero, además de tener unos ingresos extras, usted vuelve a recuperar la sensación de control.
Realice entrevistas a los aspirantes, hágale preguntas sobre sus vidas y aficiones, satisfaga su curiosidad, siempre con la excusa de que es necesario saber con quién se va a vivir. Una vez haya tomado su decisión, ya tiene a alguien en su casa con quien iniciar una bonita y duradera vida en común.
Es importante darles un tiempo y no esperar demasiado al principio, para no llevarnos desengaños tampoco. El primer paso ya está dado. Ahora hay más comida que la suya en la nevera, más botes de jabón en la bañera, más ropa sucia para la lavadora. En fin, la dulce compañía.
Después se puede comenzar a compartir el pan de molde, para uno solo es fácil que se caduque, o comprar entre ambos los productos de la casa. Detalles que irán haciendo más sólida la convivencia. De ahí a ver juntos películas o salir un día a tomar unas copas, hay sólo un paso.
Recuerde una cosa importante, su compañero/a de piso no es de su propiedad, de vez en cuando hay que darle su espacio. Sin pasarse, pero que no parezca que nuestra vida gira en torno a ellos/as. Además, no se recomienda aceptar a los que ya tengan pareja, no han resultado muy provechosos en casos anteriormente analizados.

8. Por último, y si nada de lo anterior, ha funcionado, hágale el amor (a su soledad, se entiende).

La soledad no lleva bien el cariño, ni las relaciones de excesiva cercanía. Parece disfrutar más estando ahí, junto a nosotros, pero sin intimar. Por eso, aunque sabemos que puede resultar difícil, dígale que la quiere.
Verá como se asusta.
Acaríciela, despacio, dejando que sienta le yema de sus dedos por su piel. Mírela a los ojos y dígale la verdad. O miéntale, lo fundamental es que se lo diga.
Soledad, te quiero.
Entonces cójala de la mano y llévela a la habitación. Bésela en el cuello, en las orejas y en los hombros. Con toda la ternura de la que usted es capaz. Note cómo se va poniendo nerviosa, pero le deja hacer. Porque la soledad es curiosa. Quiere saber de nosotros, de nuestras maneras, de nuestras capacidades.
Desnúdela, observando cada milímetro de ella como si fuera lo más hermoso del universo. Pase la punta de su lengua por sus espacios más sensibles. Los pies, la cara interior de los muslos, los pechos y las ingles. Seguro que puede ver cómo se encoge bajo su tacto.
Estire cada gesto y, sobre todo, disfrútelo. Si usted lo saborea, lo goza, ella también lo hará. Se dejará ir para que usted entre en su interior. Y una vez dentro ya todo será más fácil.
A la mañana siguiente, cuando despierte y se frote los ojos, podrá ver que se ha ido. A ella, como a todos, también le da pánico la mañana siguiente.
Entonces levántase y prepárese un buen desayuno. Saboréelo porque ese es el primer desayuno de su nueva vida.

Advertencias:
El orden de estas pautas no es único e inalterable para todos los pacientes. En caso de no obtener resultados positivos una vez puestos en práctica todos ellos, se recomienda volver a comenzar, variando los elementos hasta dar con la fórmula apropiada.
Todas las combinaciones posibles de estas ocho pautas dan un total de 40.320 variantes.
Hasta ahora no se conoce a nadie que las haya probado todas sin conseguir resultados positivos. De hecho, no se sabe de ningún paciente que las haya probado todas, por lo que el autor mantiene la fe en la funcionalidad de su método. De todos modos en importante recordar que, como todo el mundo sabe, no hay recetas iguales para todos, y es importante que cada uno encuentre su propio camino.

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