“Dicen que murió de risa” relato de Pedro Larrañaga

Dicen que murió de risa. Una risa cruzada en la cara como una mueca de satisfacción. Satisfacción por el final de la noche. Una noche que decoraba su corazón desde hacía demasiado tiempo. El tiempo perezoso, espeso, lánguido, que no terminaba de agotarse.

Pero agotado sí estaba el crédito de las esperanzas.

Esperanza de que, al final, todo fuese una broma. Una broma pesada. Una broma sin gracia. Perdida ya toda la gracia, hacía tiempo.

Por eso murió de risa mientras la sangre le salía a borbotones de la garganta.

Hacía mucho que no reía con ganas y a carcajadas. Carcajadas sonoras, escandalosas, como las de un bufón de alquiler.

Alquilado había vivido desde el día en que su mejor amigo se lo llevó todo. Todo, hasta la mujer y la hija. Una hija de la que recordaba su mirada inquieta en medio de los ojos azules. Azules como el coche, como los hierros, como el fuego en el que terminaron envueltos, amigo, mujer e hija. Envueltos y entre gritos. Entre gritos azul oscuro.

Azul oscuro como el mar desde su ventana. Una ventana que lo invitaba a saltar a gritos.

Gritos que callaba en el club de carretera. Una carretera sin salida que no llevaba a ningún lugar. Sólo había un lugar en el que encontrara silencio. Silencio bajo las sábanas, en la cama, junto a ella.

Ella, Lucía, que llegara al pueblo para olvidar una promesa.

Así, acostados, mudos, con un dedo perdido, caminando por la piel. Piel llena de vida lejana y cicatrices, pero dulce. La dulzura de saber que no había preguntas, ni respuestas, sólo el dinero, los billetes. Billetes que él dejaba sobre la mesilla y ella guardaba en el cajón sin contar. Sin contar ya, también, los cientos de noches juntos. Juntos en su convencimiento, en cumplir su palabra, aunque a nadie le importase.

A nadie le importaba que él hubiese jurado no volver a acostarse con una mujer sin pagarle. A nadie le importaba que ella hubiese jurado no volver a besar a un hombre sin cobrarle. Porque, aunque a nadie le importaba, ambos cumplían su palabra.

Pero las palabras son artilugios peligrosos. De un peligro afilado que rasga gargantas al salir, furiosas, de una cara violenta. Una cara violenta con una boca violenta, con unos dientes violentos, con una lengua violenta. Violentas todas las palabras.

Y él, que murió de risa, con la sangre cayéndole a borbotones de la garganta, no soportó aquellas palabras violentas. La cogió por la muñeca, a ella, a Lucía, y la sacó de allí, con aquel tipo violento amenazándolo desde la puerta. Desde la puerta, agitando el puño en el aire, pero sin seguirlos por la carretera oscura y sin salida, que no llevaba a ningún lugar.

Ningún lugar es adecuado para gente como nosotros. Nosotros tenemos nuestros fantasmas y nos siguen como sombras.

Sombras en los ojos de ella al hablar, al decirle aquellas frases. Hablar y no decirle que, una vez más, tendría que marcharse. Marchar a otra ciudad, huir, a otro pueblo, a otro club, a otra habitación en la que seguir sin faltar a su palabra. Habitación en la que ya no estaría él, ni sus billetes sin contar en el cajón de la mesilla. Habitación en la que no querría, nunca más, faltar a su palabra.

Una palabra que a él había dejado de importarle, mirando desde la calle su ventana que no dejaba de gritar.

Entre golpes, entre gritos, le preguntaban dónde estaba. Él no sabía dónde estaba. Ella, Lucía. Tú, Lucía, ¿dónde estás?

No había querido saberlo para no seguirla. Para no ir tras ella e incumplir su palabra que ya había dejado de importarle. Incumplir promesas como su mujer. Como su amigo. Y puede que como su hija.

Una promesa violenta en aquella cara violenta. Una cara violenta que ya no era cobarde, apoyada en dos sicarios venidos de lejos. Una promesa violenta que aquella lengua violenta sí cumpliría.

Dime dónde está o te juro que te mato.

Morir, ¡qué gracioso!, ¡qué risa!

Y así volvió a reír, al final, antes de morir.

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